lunes, 20 de abril de 2015

Don Giovanni en ESTO ES MOZART


Don Giovanni  en Bellas Artes. 19 de marzo de 2015.


Hace seis años, el 19 de marzo de 2009, se estrenó la producción que hoy se reestrena en el Palacio de Bellas Artes. Todavía recuerdo aquella función como la peor musicalmente hablando y escénicamente no tanto pero tampoco se acercó a lo que es Don Giovanni, en mi opinión por supuesto, o bien no la entendí.
 

La producción de Mauricio García Lozano mejoró enormidades en seis años, demostrando que hay veces que las segundas oportunidades se pueden aprovechar. Esto pudo deberse a tres razones: la entendí, el cambio de escenario del Teatro de la Ciudad, recordemos que el Palacio de Bellas Artes estaba siendo “remozado” y Lozano ajustó su dirección escénica.
 

García Lozano presenta un Don Giovanni lúbrico, abusador de su potencia sexual y su posición social y, en esto se diferencia de otros conceptos, narcisista hasta el exceso.
 

Siempre me ha disgustado que los directores de escena traten de diviertan, traten de dar una lección o de “explicar su concepto” al público. Disgusto aparte, durante la obertura Don Giovanni simula en una gran cama redonda rodeada por una cortina, una serie de actos sexuales, incluyendo los convencionales, cunnilingus, felatio, ménage-à-trois, sodomía, etc. etc., que vemos al reflejarse en un gran espejo omnipresente, colocado oblicuamente en este momento. Dije “simula” pues si lo “hiciera” hubiera sido imposible continuar con la ópera, no por cualquier tipo de censura, sino por la imposibilidad de respirar bien para cantar y Don Giovanni sin Don Giovanni, no es Don Giovanni. Al salir de la cortina las mujeres con una gran sonrisa de placer y satisfacción, reciben de Leporello una tableta con un número, que se usará posteriormente durante el catálogo, aunque también puede explicarse como la imposición de un sello de propiedad de Don Giovanni, quien las cosifica formalmente.
 

La obertura termina modulando a la tonalidad de la introducción, que en palabras de Alfred Einstein es “una de las maravillas del mundo”, Leporello termina su trabajo de “herrero” y empieza a actuar como el siervo de confianza. Aquí empieza a complicarse mi comprensión de la producción pues la escenografía, de Jorge Ballina,  está hecha con camas, marcos de cama y colchones  que simularán todos los lugares en los que se desarrolla la obra, ubicados sobre una plataforma cuadrada que girará entre “escena y escena”. Creo que es muy probable que quienes desconocen la ópera no tuviesen la menor idea del desarrollo de la trama.
 

El director de escena nos mostró una Donna Anna indignada persiguiendo a Don Giovanni, a ratos, pues este regresa continuamente a la carga, lo que contradice libreto y, en mi opinión de nuevo, su psicología. No existe en ninguna de las fuentes, ni en el libreto de Da Ponte, ni mucho menos en la música de Mozart, la sugerencia que Don Giovanni mate al comendador arteramente por la espalda de un Commendatore arrodillado. Don Giovanni puede ser inmoral, ¿amoral?, en mucho sentidos pero no es un vil asesino, al menos en mi opinión y hasta que no se demuestre lo contrario.
 

Lo más útil de la escenografía y el más hilarante de los diseñados por el productor, sucede durante el catálogo de Leporello, en el que se muestra a las mujeres que va mencionando, una a una tal cómo son descritas en el aria.
 

No sé quién decidió las fuerzas del coro, pero la celebración de la boda de Zerlina y Masetto es acompañada por una multitud que ya quisieran muchos poderosos en las bodas de sus hijos. Lo mismo sucede cuando Don Giovanni entra a la gran sala en la que se llevará a cabo el final del primer acto, y un coro de cuatro u ocho sirvientes, no más,  se convierte en toda la sección masculina del Coro del Teatro de Bellas Artes.
 

Es en este final con el que mayores problemas tuve, uno musical, muy serio, pues se utilizó una grabación sustituyendo las tres pequeñas orquestas que tocan, después de afinar sobre el escenario, dos de ellas con pares de oboes y cornos y cuerdas interpretando el minueto, y dos compuestas por violín y contrabajo tocando la contradanza y la danza alemana. No sé quien sugirió esta solución, supongo que para abatir costos, pero es la primera vez que la veo después de haber visto muchas producciones de estas óperas, y debo decir que me molestó sobremanera.





 
 



El segundo problema fue conceptual; quienes asisten al baile en el libreto y en la música, son los amigos de los novios campesinos, supongo que los más íntimos pues la multitud que los acompañó en “Giovinette che fate all’amore” no podía de ninguna forma caber donde se ubica la acción. El director de escena decidió “invitar” un grupo de personas sofisticado y bastante depravado, volvimos a tener una ración de sexo simulado, tratando de bailar minuetos, contradanzas y danzas alemanas. No entiendo este cambio pues no agrega información para la comprensión de la ópera. Es en este final en el que vemos a todos los personajes y pude apreciar el vestuario ciertamente anacrónico entre las Doñas, vestidas con un estilo del pasado no sé qué tan lejano y el resto vestido como en la actualidad. En mi opinión el vestuario diseñado por Jerildy Bosch cumple con su cometido y es congruente con la producción. 
 

En el segundo acto hubo cosas notables. Donna Elvira canta “Mi tradì que’ll alma ingrata” y el recitativo acompañado que le precede en el proscenio con el telón cerrado. De alguna forma, esto podría referirse a que este número que es ajeno al desarrollo de la ópera, pues fue compuesto por Mozart para el estreno vienés, halagando a Caterina Cavalieri, amiga suya, amante de Salieri y cantante especialmente hábil en al ejecutar coloratura complicada como lo hizo en Konstanze en el estreno de Die Entführung aus dem Serail.
 

Las escenas del cementerio y la de la condenación de Don Giovanni son interesantes conceptualmente, pues quienes ocupan las fosas del panteón y acosan al blasfemo, son los fantasmas de las mujeres a las que abandonó.
 

Por cierto, no he nombrado a Víctor Zapatero quien tuvo un desempeño excepcional al diseñar una excelente iluminación.
 

Un detalle que no entendí fue la presencia de un cisne sobre la mesa de Don Giovanni, mismo al que le extrae las entrañas para comerlas. No tengo idea cual es el símbolo del cisne en esta ópera, que además deforma el texto pues Leporello dice explícitamente “Questo pezzo di fagiano” al arrancar un ala del cisne. Un ave es un ave, pero no es lo mismo.
 

Durante la cena que inicia el final de la ópera, regresó la maldita grabación, que acompañó las citas de Leporello a Martín y Soler, Sarti y Le nozze di Figaro. No entiendo por qué el director musical, ¿o fue el escénico?, ¿o alguien más?, decidió no usar una orquesta de pares de oboes, clarinetes, fagotes y cornos y un violonchelo para interpretar una grandiosa Harmonie de Mozart. No puedo decir lo que de veras pienso con respecto al uso de grabaciones en una ópera que no las requiera específicamente –algunas épocas más o menos contemporáneas lo hacen–; por lo menos debería anunciarse públicamente en los carteles de publicidad, o ¿será que en el futuro de la ópera en Bellas Artes se sustituya  la orquesta, por buena o mala que esta sea, con bandas sonoras? Pasó en Rigoletto con la banda interna, lo cual no fue tan relevante como en Don Giovanni en que las orquestas sobre el escenario, no internas, sino a la vista del público, son “personajes”.


Esta vez, a diferencia de hace seis años, tuvimos un reparto muchísimo mejor, pese a ciertas deficiencias muy notables, por lo menos en mi opinión. Como aclaración, escribo varias veces “en mi opinión” porque no me considero ni un narrador influyente, ni mucho menos el oráculo de Delfos.
 

Mozart escribió su partitura para tres mujeres, todas ellas sopranos bajo estándares actuales, aunque Donna Anna es quien tiene la tesitura más elevada. En muchas ocasiones bien sea Donna Elvira o Zerlina se asignan a mezzosopranos. En esta ocasión se escogieron tres sopranos.
 

Erika Grimaldi interpretó a Donna Anna espléndidamente, como actriz y especialmente como cantante. Ojalá la vea en un futuro cercano. Olivia Gorra actuó bien el papel de Donna Elvira, pero musicalmente dejó mucho que desear. Las desafinaciones fueron recurrentes y desde su primer aria empujó la voz a tal grado que parecía gritaba.
 

En la concepción de Mozart, Zerlina es la prima donna de la ópera. En Praga la interpretó Caterina Bondini y en Viena Luisa Laschi, ambas las primeras figuras  de ambas compañías en esos momentos. Originalmente compuso dos arias para Zerlina y para Donna Anna, mientras que, como se mencionó arriba, la segunda aria de Elvira fue compuesta hasta la versión vienesa. En el Romanticismo cambió la primacía de Zerlina a Donna Anna, debido esencialmente al carácter buffo de la primera y serio de la segunda, y los Románticos no fueron conspicuos por su sentido del humor.   


El hecho es que se escogió a una joven cantante del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, Angélica Alejandre que simplemente no pudo con el paquete, su actuación fue deficiente y su canto aún más al hacerlo en momentos sharp (#) y en otros calante. Para tener una idea, al terminar su aria del segundo acto, después de un intento de strip–tease  “Vedrai, carino”, el público de Bellas Artes que es aplaudidor compulsivo no lo agradeció, yo no aplaudí aunque sí lo agradecí. Si Kiri–te–Kanawa cantó una de las campesinas de Le nozze di Figaro, yo no pensaría que fuese indigno que éste fuera el próximo papel de esta joven, si es que quiere acercarse a Mozart.
 

Ernesto Ramírez, Don Ottavio, actuó como se espera de él, aunque un poco más pedante que lo normal, probablemente por indicaciones del director de escena. En el lado musical su actuación fue, en cambio, menos elegante que la normal. Por desgracia, aquél más y éste menos no pueden promediarse para decir que estuvo bien.
 

Juan Carlos Heredia, también miembro del Estudio de Ópera de Bellas Artes, tuvo, en cambio, una destacada actuación como Masetto.
 

Tuve un fuerte problema con Il Commendatore de Guillermo Ruiz, el objetivo es que aunque lo clasifican como bajo–barítono, en mi opinión es más barítono que bajo, por lo que su voz no es de aquellas que agarran por la garganta a Don Giovanni y al público como lo hacen y han hecho los grandes bajos oscuros. En cuanto a mi opinión subjetiva, en mi impresión preliminar afirmé que lo habían amplificado electrónicamente, cosa no difícil de estimar dados los crujidos de la bocina que estaba a mi izquierda, vista desde el auditorio, y el crimen de las grabaciones. Dos personas confiables hicieron el favor de corregirme en esta apreciación, por lo que puedo afirmar que Don Guillermo tiene una voz muy potente. No obstante, seguí extrañando a ese bajo profundo que mata con la voz –en otro sentido al de algunos cantantes, ninguno de los cuales estuvo presente hoy.  También aconsejo firmemente que se reparen adecuadamente las bocinas para que no vuelvan a surgir suspicacias.
 
 


Armando Gama actuó un excelente Leporello, sin embargo creo que a pesar de ser un buen barítono fue mal escogido, dado que éste es uno de los grandes papeles para bajo cantante de la historia de la ópera. En algunos momentos esta deficiencia de notas bajas fue audible, más bien hizo inaudibles las mentadas notas.
 

Por fin tuvimos un Don Giovanni de verdad. Christopher Maltman interpretó un sólido y brillante anti–héroe; cantó “Finch’han dal vino” brillantemente y sin ahogarse por falta de oxígeno, lo que sucede en muchos casos a cantantes no acostumbrados a la altura de la ciudad de México. En la serenata llegué a creer que veía su voz, casi tocarla. Y en los momentos requeridos se oyó firme y valiente. Su interpretación vocal es algo de lo mejor que he visto en Bellas Artes punto. Su actuación también fue muy buena, pese a tener una actitud demasiado lúbrica hasta en momentos donde no cabía la misma. Admirándose continuamente en un espejo confirmó un narcisismo exacerbado.
 

Srba Dinic dirigió adecuadamente, y con tempi acordes con la actual corriente HIP, lo que agradezco, a la Orquesta y al Coro del Teatro de Bellas Artes, a los cantantes y a las grabaciones. 
 

Espero que vayan a ver una de las cuatro funciones que restan y que me ayuden a corregir mis impresiones; también pido su indulgencia ante cualquier burrada, error sintáctico u ortográfico que hayan encontrado, por lo que solicito me lo hagan saber. Creo que esto que estoy escribiendo es un riesgo innecesario, pero así es esto de dar opiniones.